“The Clown” 12″x16″ Acrylic over Canvas by José Gadea

Empezar temprano una carrera o una vocación es, sin lugar a dudas, la mejor decisión que un joven puede tomar.  Eso es cierto si, en particular, siente una inclinación natural por esa carrera o vocación. La razón es que le será más fácil e interesante el camino para aprenderla y llegar a ser hábil en la práctica.

Algunos nacen con cierta tendencia hacia las matemáticas, las ciencias, las habilidades manuales e incluso en las artes. Sin embargo, como en mi caso, es posible que más de una avenida de actividad te apasione. Tal vez tuviste una afición o una atracción especial por algo que no se te dió, no porque no te gustara sino porque la vida y las decisiones que tomaste en el momento de decidir iban en otra dirección. Entonces decidimos dedicarnos a lo que más nos llamaba o a lo que era más práctico en aquel momento temprano de la vida. ¿Significa eso que nos olvidamos por completo de esa otra inclinación que nos atraía en la juventud? ¿Que tal si llega el momento en la vida en el que te es posible regresar un poco a ese lugar, a esa afición que quedó relegada por atender cosas más importantes? ¿Que tal si llegó la hora del retiro y comienzas a darle vueltas a esa pasión dormida? ¿Será muy tarde para empezar?

A los 78 años, y de tanto en tanto, saco un rato para volver a eso que me gusta menos que lo que decidí hacer con mi vida. Sin embargo, todavía percibo algo que me arrastra al pincel, al canvas y la pintura. No se trata de si lo hago bien o mal, se trata de invertir, un poco del tiempo libre para sentarme a jugar con la imaginación, los colores y el tiempo. Efectivamente, se puede ser “nuevo” y “viejo” a la vez. Viejo en años y experiencias dignas de recordar y a la vez, nuevo en la afición que tengo desde muy joven.

No puedo contar muchas anécdotas sobre mis primeros cuadros. Sí recuerdo que ese primer ensayo con la pintura puso a prueba la paciencia de mi madre. Les contaré: Un día, decidí pintar la puerta de mi cuarto que daba al cuarto de mi hermana. Como no tenía pinturas, usé tizas de colores y luego encontré unas pinturas en el cuartito de almacén que mi padre tenía en la parte trasera de la casa. Ya saben, hice mi primera creación artística que me costó dar unas cuantas explicaciones. Como me salí con la mía, siguieron las paredes y finalmente ¡hasta el techo de mi cuarto! Por supuesto, nada parecido al Miguel Angel de la Capilla Sixtina.

La cosa no paró ahí. Decidí comprar algunos lienzos y comencé con la pintura de óleo… pero cuando no se me secaban mis intentos de pintor, enseguida pasé a la pintura acrílica por su pronto secado. Algo que hoy veo como ventaja y desventaja a la vez. El acrílico te obliga a tomar decisiones más rápidas para evitar que se seque tu creación antes de terminarla. De todas formas recuerdo que me sorprendí cuando vendí algunas de mis primeras creaciones. Otras las regalé a mi familia que seguramente por no desagradarme tuvieron el valor de colgarlas en sus casas. Mi cuñada todavía hoy, luego de más de 50 años tiene una de aquellas pinturas arriesgadas de mis comienzos. ¡La admiro por su inquebrantable lealtad!

Ahora a la anécdota. Como les decía antes, regalé algunas de mis pinturas a mi familia. Mi hermana, recién casada vivía en una casa grande de dos pisos así que habría lugar para un cuadro grande como regalo de bodas. Una tarde me inspiré y compré un lienzo de 60″ x 60″ y con gusto se lo regalé. A ella y a su esposo les gustó y lo colgaron en un lugar donde se lucía. Unos meses más tarde, unos “pillos” o ladrones lograron acceso a la vivienda. Ellos no estaban en la casa. No se robaron nada… nada ¡excepto el cuadro que les había regalado! Todos en la familia quedamos un poco confusos porque la mayoría de los rateros se roban otras cosas pero estos parece que le tenían cierto gusto al arte de principiante. De cualquier manera esta historia se convirtió en algo que me hizo pensar que “cada cuadro tiene su enamorado.” Por eso cuando pinto no pienso en si va a gustarle a la gente o no. Pienso si me gusta a mi. Pienso si tiene algo que pueda alegrar a alguien o por lo menos provocar una conversación.

Puede ser que pintar a los 78 años no sea la mejor inversión, de hecho, estoy convencido de que no lo es. Sin embargo, ni la edad ni el tiempo pueden borrar esa fibra sin desarrollar que cada uno de nosotros tiene y siente. Seguramente el que nos hizo, nos creó para que algún día, podamos llegar a desarrollar todo el potencial que todo ser humano tiene en su mente y en su corazón.

 


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