El dolor: -¿se repite; se mide; se olvida?

Hay muchas maneras de ver el dolor y ninguna agradable para quien lo padece. Por su parte la ciencia ha estudiado y clasificado el dolor, etiquetándolo de variadas formas. Dolor físico crónico, emocional, dolor espiritual, post traumático y la lista no se acaba. De todos modos, sin importar cómo quieran llamarlo o clasificarlo, los seres humanos seguimos sintiendo y sufriendo dolor.

Hasta el presente, nadie ha podido cuantificar o medir el dolor de forma científica, tal y como puede cuantificarse en grados el frío o el calor. En realidad, parece que, a pesar de lo mucho que por siglos los seres humanos hemos experimentado esta desagradable sensación, todavía hay mucho que aprender sobre el dolor.

Para aumentar la complejidad del tema, hace algunos años, el neurocientífico Bob Coghill y sus colegas de la Universidad Wake Forest de Carolina del Norte (EE UU) analizaron el cerebro de varios sujetos con ayuda de imágenes obtenidas mediante resonancia magnética nuclear mientras les sometían a un mismo estímulo doloroso. ¿Los resultados? Estos fueron inesperados y confusos a la vez. Comprobaron que cada persona tiene una sensibilidad diferente al dolor, y que no siempre está directamente relacionada con el daño recibido. Se sabe que aunque el tálamo, concretamente la región que recibe el mensaje doloroso de los nervios, se activa en todos nosotros de manera similar. No obstante, una vez que la señal alcanza el cerebro (y aquí está lo interesante) “cada persona valora la información basándose en su experiencia previa, sus emociones y sus expectativas,” explica el neuro científico.

Según lo anterior, una persona puede perder una mascota y otra puede perder un familiar, y sin embargo, sería inapropiado decir que quien perdió la mascota sufrirá menos que aquel que perdió un familiar. Aunque de repente no nos parezca lógico, según el estudio anterior, el ser humano maneja del dolor de formas totalmente diferentes y nuestro cerebro no siempre relaciona la pérdida con el daño recibido.

Recientemente leemos y escuchamos sobre un tópico relacionado que nos deja perplejos: la memoria del dolor. Y no cabe duda de que es uno de los males de estos tiempos llenos de estrés y presiones que parecen no tener fin.

Tradicionalmente se consideraba el dolor algo que podía olvidarse con el paso del tiempo. Se entendía que, dependiendo de la profundidad del trauma, el dolor causado podría tomar más o menos tiempo hasta que finalmente hubiese pasado por completo. Una mujer podría sufrir muchísimo dolor en un parto, pero con el paso del tiempo volvía a quedar embarazada y el dolor de aquella experiencia no le impedía volver a ser madre. Tal vez volvió a ser madre muchas, muchas veces más. Siempre hubo dolor y cada dolor fue distinto pero cada vez el dolor se olvidaba lo suficiente como para volver a desear embarazarse.

Otro, tal vez un joven, sufrió dolor al caerse de su patineta, tal vez sufrió un golpe fuerte, sin embargo, tan pronto se mejoró, volvió a su patineta y mejoró su desempeño en la misma. Nuevamente, el dolor experimentado en la práctica del deporte no le hizo abandonarlo. Aquel dolor se fue de su memoria y continuó adelante sin mayores dificultades. Esto es lo “normal” y lo que nos sucede a la mayoría de nosotros con dolores de rutina -si es que podemos llamarlos de esta forma. Simplemente, se nos olvida el dolor.

Pero ¿que hay de dolores que resultan traumáticos y profundos? Para olvidar estos se requerirán otros recursos y otras ayudas. Entre estas ayudas están las emocionales y médicas que por supuesto pueden incluír las siquiátricas.

Aunque las ayudas emocionales de apoyo, comprensión y cariño pueden ser suficientes para superar un buen número de traumas, puede que en algunos casos, esto no sea suficiente. En tales casos, el paciente tendrá que decidir si se requiere un acercamiento más profundo y profesional y hasta qué punto. Cada persona debe decidir esto pero hacerlo puede ser un paso sabio que le alivie permanentemente de la memoria del dolor.

Al fin y al cabo, aunque a veces nos provoque un dolor de cabeza olvidar dónde hemos puesto las llaves del auto o si pagamos o no la factura de la luz, al final, olvidar puede llegar a ser una de las bendiciones más grandes que los seres humanos poseemos. Olvidar el dolor, por ejemplo, nos renueva, nos refresca y nos ofrece la visión de un nuevo horizonte con nuevas esperanzas.

 

 

 

 

 

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